La búsqueda, con un manojo de direcciones en la mano, se antoja interminable. Estoy más allá de la medianoche, y para ser sincero —sin embargo, es este ejercicio de sinceridad un mero pretexto— no tengo idea alguna que pase y se pose sobre mi cabeza. Mi mente es un pájaro malcriado y caguengue que se burla de mí a estas horas, “las altas horas de la noche” como han decidido llamarles algunos, a sabiendas de que este tipo de rutina sólo es una ruta —la mejor, no hay porque negarlo— para tener unas ojeras de antología y un abdomen prominente, que denota una obesidad, sino severa, al menos si notoria, al grado de rodar para poder bajar unas cuantas escaleras (en cierta bizarra manera, ello tiene sus ventajas).
Tengo un manojo de direcciones en la mano y mucho que buscar. Sobre todo, pagar este servicio que sirve únicamente para engolosinar a más de uno con sus constantes ofertas de pieles ya rusas, ya gringas (al menos esto sí logra conjuntar a capitalistas e hijos del socialismo). No puedo mentir, mucho menos, elaborar una nota con total solemnidad. Cierto es que el Internet acorta las distancias, pero también pone en riesgo la labor de muchos: el verdadero sentido de la originalidad adolece de un extravío, que muchas veces se deja correr, se deja de la corriente de la información, para terminar en quién sabe dónde.
Este tipo de lucubraciones son, empero, sumamente tendenciosas. Reconozco que estoy exhausto, y que ese mismo cansancio me hace decir cosas que no debo, y que bien no estoy preparado para enunciar, como si ello se tratara de un postular constante, libre de merecidas críticas. Observo estas palabras como observo la hora que pasa, la hora que me gana y que hace sentir más vieja mi espalda.
Entonces, hablar de lo correcto no es tan fácil. Hablar de algo implica una responsabilidad, un compromiso. Al hablar aun de nosotros mismos, nuestra actitud responde a una cierta postura que adoptamos ante eventos que consternan al mundo. Una de estas actividades es el periodismo.
Es vasta la información que diariamente confluye en los medios impresos en nuestro Estado. Una revisión nos llevaría de la mano a conocer la evolución que ha sufrido desde sus inicios. Poco a poco Chiapas ha tenido una mayor conexión con el resto del país. Sin embargo, su condición de exotismo, de región última en el arca del dios Gobierno la ha llevado a aislarse en cierta manera. Ahora las facilidades que existen para acceder a cierta cantidad de datos están al alcance de buena parte de la población, aunque la fiabilidad de este tipo de aporte es dudosa.
Son pocos quienes verdaderamente se aventuran o tienen la necesidad de conocer el rostro de Chiapas —aquel que labramos día a día cada uno de los que lo habitamos, aquel que se genera a partir de cada hecho que la luz pública parece tan cotidiano, tan efímero, pero que en una larga cadena de acontecimientos es mucho más que sólo significativo— y ven en el periodismo ejercido en nuestro estado como todo un fenómeno, mismo que se ha construido una manera muy particular de ver la cosas, de mostrarlas a un público cada vez más exigente, que crece a velocidades que en otro tiempo hubiesen resultado poco creíbles. Estamos alcanzando el estatus ideológico de “ciudad”.
Si bien los acontecimientos son llevados a la luz pública siempre ofertando una tendencia, abrigando ciertas ideas, mucha de la información queda delegada a un papel de mera eventualidad, de poca importancia para ser tomada en cuenta por los medios de comunicación masivos. La libertad de expresión en nuestro país ha sido sumamente cuestionada en los últimos años. Ha habido casos que no han sido del todo silenciados: periodistas cuya única necesidad era llevar la noticia con imparcialidad al ojo del espectador, han sido causa de múltiples agresiones.
Es un excelente ejercicio este de llevar a la luz hechos que presentan una versión alterna de las cosas. En el arduo devenir de la política, de la cultura, de todo aquello que se vale el hombre para dar a luz una expresión propia, no podemos quedarnos con los brazos cruzados y esperar a que el mundo pase frente a nuestros ojos y nosotros, absortos, seamos indiferentes ante todo. La información es un derecho, pero también es obligación de cada ciudadano llegar a ella y crearse un juicio propio de lo sucedido.
Esta necesidad de comunicar lo no registrado, de denunciar aquello que se ignora de acuerdo a ciertos intereses, es lo que Isaín Mandujano nos ofrece en su página http://losagravios.blogspot.com/. Isaín Mandujano dice, al inicio de su página, lo siguiente: “Esta es una bitácora para documentar y dar seguimiento a los agravios y desagravios a la libertad de prensa, de expresión, de información, de opinión y pensamiento en México...”
Al revisar el contenido de lo publicado no es difícil cuestionar nuestro propio criterio ante lo que acontece en el andamiaje político nacional.
Es tarea de todos conocer los hechos para conocernos a nosotros mismos.

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